Los “niños delfín” ven bajo el agua llevando sus ojos hasta el límite humano para encontrar pequeños objetos en el fondo del mar

Dos estudios publicados en 2003 y 2006 comprobaron que su ventaja depende de contraer la pupila y forzar la acomodación del cristalino. La misma respuesta apareció en niños europeos tras 11 sesiones.

Una información difundida en agosto de 2026 ha devuelto este fenómeno a la actualidad. El hallazgo científico, sin embargo, no es reciente. El estudio original se publicó en mayo de 2003 en Current Biology. Una segunda investigación, difundida en 2006, demostró que otros niños podían aprender esta respuesta visual mediante entrenamiento. Los trabajos midieron una agudeza submarina superior al doble, pero no realizaron una comparación experimental directa con delfines.

La medición mostró una agudeza submarina más de dos veces superior

El equipo de la Universidad de Lund midió la capacidad de niños moken para distinguir patrones mientras mantenían la cabeza sumergida. Los resultados alcanzaron 6,06 ciclos por grado, frente a 2,95 entre los niños europeos usados como grupo de comparación. Una cifra mayor indica que el participante distingue franjas más finas dentro del mismo campo visual.

La medición no atribuyó esa ventaja a unos ojos anatómicamente diferentes. Describió una respuesta funcional que los menores activaban durante la inmersión. Los moken empleaban el mismo sistema óptico humano, pero lo llevaban hasta un rendimiento poco habitual. Esta respuesta contrasta con las adaptaciones acuáticas de los cetáceos, desarrolladas durante millones de años de evolución.

Dos ajustes del ojo compensan la pérdida de enfoque bajo el agua

En el aire, la superficie curva de la córnea aporta aproximadamente dos tercios del poder refractivo del ojo. Al sumergirse, la diferencia óptica entre la córnea y el agua casi desaparece. La luz deja de enfocarse correctamente sobre la retina y los objetos pequeños se vuelven borrosos. Las gafas de natación corrigen ese problema al conservar una capa de aire delante del ojo.

Los niños moken evaluados compensaron parte de esa pérdida mediante dos movimientos simultáneos. Sus pupilas se redujeron hasta 1,96 milímetros, frente a los 2,50 milímetros registrados entre los niños europeos. También forzaron la acomodación del cristalino hasta alcanzar entre 15 y 16 dioptrías, considerado el límite conocido del rendimiento humano.

Una pupila pequeña amplía la profundidad de campo y reduce la entrada de rayos periféricos que pueden aumentar el desenfoque. El cristalino, por su parte, cambia de forma para recuperar parte de la capacidad de enfoque perdida. Ambos mecanismos permitieron distinguir objetos de menor tamaño en el fondo marino.

El fenómeno no debe confundirse con un espejismo o una alteración de la trayectoria de la luz en la atmósfera, como ocurre con la Fata Morgana en el mar. En el caso de los moken, la mejora dependía de ajustes realizados dentro del propio ojo.

El entrenamiento permitió a otros niños alcanzar el mismo rendimiento

La investigación publicada en Vision Research en 2006 analizó si la habilidad podía adquirirse. Un grupo de niños europeos completó 11 sesiones de entrenamiento submarino durante un mes. Después de ese periodo, mostraron una mejora de la agudeza visual y episodios claros de contracción pupilar.

Los resultados se mantuvieron tras cuatro meses sin actividades bajo el agua. Ocho meses después de la última sesión, los participantes alcanzaron una agudeza comparable a la registrada entre los niños moken. La prueba final se desarrolló en una piscina exterior y bajo una luz intensa semejante a la presente en el sudeste asiático.

El experimento no demuestra que los factores genéticos carezcan de cualquier influencia. Sí acredita que el rendimiento no requiere una estructura ocular exclusiva de la comunidad moken. La repetición permitió a los menores europeos combinar la reducción de la pupila con una acomodación intensa del cristalino.

La infancia favorece este proceso porque el cristalino conserva una elevada capacidad para modificar su forma. Esa flexibilidad disminuye progresivamente con la edad, lo que explica que los adultos tengan más dificultades para reproducir la respuesta alcanzada por los menores entrenados.

La comparación con los delfines es divulgativa y no una equivalencia científica

Los estudios originales compararon a los niños moken con menores europeos, no con delfines. La expresión «ver como los delfines» funciona como una analogía periodística para describir una visión submarina poco habitual, pero no representa una conclusión obtenida en los experimentos.

Los mamíferos marinos poseen estructuras oculares adaptadas a su entorno tras un largo proceso evolutivo. Los niños analizados aprovecharon mecanismos presentes en el ojo humano con una intensidad excepcional. Por este motivo, resulta más preciso hablar de aprendizaje visual y plasticidad funcional que de una transformación anatómica.

La capacidad tampoco puede atribuirse automáticamente a todos los miembros actuales de la comunidad moken. Las conclusiones corresponden a los participantes estudiados hace más de dos décadas y a las condiciones concretas de aquellas pruebas. Los trabajos tampoco establecen que la destreza se mantenga durante toda la vida.

Los moken han desarrollado durante generaciones una cultura vinculada al mar de Andamán. Los menores aprendían desde pequeños a bucear para recoger alimentos del fondo, lo que proporcionaba una exposición repetida a las condiciones necesarias para entrenar la visión submarina. Esa experiencia ayuda a entender cómo el entorno y el aprendizaje pueden modificar el uso de capacidades humanas ya existentes.

Las fuentes científicas primarias son el estudio sobre la visión submarina moken, publicado en Current Biology en 2003, y la investigación sobre el entrenamiento visual, publicada en Vision Research en 2006.

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