Alfredo, electricista jubilado, empezó cobrando 10.000 pesetas y apostó por tener todo el sueldo en nómina

El profesional comenzó a aprender el oficio con 14 años, trabajó durante más de tres décadas en el sector y se retiró en 2016. Su testimonio retrata el cambio de los materiales, las categorías profesionales y las diferencias salariales entre ayudantes y oficiales.

Alfredo Becerra empezó a familiarizarse con la electricidad a los 14 años, entró con 16 en la empresa en la que desarrollaría gran parte de su carrera y dejó de trabajar en 2016 después de más de 35 años de oficio. Su trayectoria muestra cómo cambiaron el aprendizaje, las herramientas, los salarios y la relación entre compañeros en una profesión que pasó de las bobinas movidas a mano y los cables de un solo color a una etapa de mayor difusión técnica.

De aprendiz con 14 años a oficial de primera tras décadas en el oficio

Su primer contacto con la profesión llegó al terminar las clases. Por las tardes acompañaba a una persona que realizaba pequeños trabajos y allí aprendió a reconocer y utilizar las herramientas básicas. A los 16 años, en 1978, entró en la empresa en la que permanecería durante buena parte de su vida laboral.

La formación dentro del oficio seguía entonces una escala prolongada. Había aprendices de primero, segundo, tercero y cuarto, y después era necesario superar una prueba para acceder a la categoría de oficial de tercera. El recorrido podía continuar hasta oficial de primera o especialista, una categoría que Becerra alcanzó con los años.

Sus primeros trabajos estuvieron vinculados al hilo radiante instalado en techos y a los acumuladores de calor. Más adelante se ocupó del alumbrado público, de instalaciones en locales y de redes de baja y media tensión, tareas que exigían conocimientos técnicos y una considerable resistencia física.

Los materiales antiguos y los trucos que marcaron las instalaciones eléctricas

Parte del trabajo consistía en tirar líneas a mano y mover bobinas pesadas con gatos. Becerra recuerda una etapa en la que se empleaban materiales como el “tubo Bechman” o el “cable de trapo”, hoy fuera de uso, y en la que los conductores podían instalarse con el mismo color, algo que complicaba las reparaciones posteriores.

La falta de productos específicos favorecía soluciones improvisadas. El electricista explica que algunos compañeros utilizaban cerveza cuando un cable no pasaba por el conducto y reconoce que él llegó a recurrir al jabón de lagarto como lubricante. También deja claro que aquellas prácticas no eran correctas y las presenta como una muestra de las condiciones de otra época.

El cambio no se limita a las herramientas. Becerra valora que los profesionales jóvenes muestren sus trabajos, expliquen procedimientos y compartan conocimientos en redes sociales. Frente al secretismo que encontraba años atrás, considera positiva una divulgación que permite a otros trabajadores conocer técnicas y experiencias del oficio.

La diferencia salarial entre ayudantes y oficiales era mucho mayor hace décadas

Alfredo Becerra sitúa su primer sueldo en unas 10.000 pesetas alrededor de 1980. Según su relato, un buen oficial podía cobrar más del doble que un ayudante recién incorporado. La distancia entre categorías era, por tanto, mucho más acusada que la que él observa actualmente, que cifra en unos 100 o 150 euros.

La información facilitada contiene una diferencia sobre su último salario. El cuerpo del material fija en 1.400 euros la nómina que percibía como oficial de primera cuando dejó de trabajar en 2016, mientras que el titular de referencia menciona 2.100 euros. Al no aportarse una aclaración adicional, ambas cantidades deben mantenerse separadas y no presentarse como un único dato.

Más allá de esa discrepancia, Becerra resume su criterio laboral en una frase: “Siempre preferí tener todo en nómina para asegurar una buena jubilación”. La afirmación refleja una decisión personal sostenida durante su carrera y la importancia que concedía a que su remuneración quedara registrada.

El compañerismo y la divulgación digital han transformado la profesión de electricista

La relación entre compañeros ocupa un lugar destacado en sus recuerdos. En la empresa era conocido como “León” y asegura que a su antiguo jefe le molestaba que la plantilla mantuviera una buena sintonía. Parte de los trabajadores se reunía los jueves para tomar una cerveza, una costumbre que prolongaba el vínculo más allá de la jornada laboral.

Becerra sostiene que la armonía facilitaba el trabajo diario. Su experiencia combina la dureza física de algunas tareas con un ambiente en el que la confianza entre compañeros ayudaba a afrontar las instalaciones, los desplazamientos y los problemas que surgían en cada obra.

Aunque siempre le atrajo conducir, una afición relacionada con la profesión de camionero de su padre, no se arrepiente de haber dedicado su vida laboral a la electricidad. Su relato reúne la evolución de una actividad que ha cambiado en materiales, formación y salarios, pero que sigue dependiendo del conocimiento técnico y de la colaboración entre profesionales.

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