Mariana, de 38 años, levantó su vivienda en Los Hornillos con tierra, madera y materiales recuperados. El agua procede de un manantial y utiliza un biodigestor artesanal.
Mariana tenía 22 años cuando dejó la vida urbana y comenzó a viajar por América Latina. Ahora tiene 38 y vive con su hijo en una casa que construyó en Los Hornillos, Argentina. Entre ambas etapas han pasado 16 años. Su vivienda está hecha principalmente con barro y madera. Además, incorporó botellas de vidrio y 12 parabrisas de automóviles que funcionan como ventanas.
Dejó la ciudad a los 22 años y aprendió a vivir con pocos recursos
El origen de la casa se encuentra muchos años antes de empezar las obras. Mariana nació en la provincia argentina de Santa Fe y estudió bellas artes, literatura y fotografía. A los 22 años decidió abandonar la ciudad y recorrer diferentes puntos de América Latina. Durante ese periodo llegó a vivir en lugares sin suministro eléctrico ni agua corriente.
Aquellos viajes cambiaron su relación con la vivienda y los recursos disponibles. Mariana se acostumbró a desenvolverse con medios limitados y a buscar soluciones sencillas para necesidades cotidianas. Desde aquella decisión hasta su situación actual han transcurrido 16 años, tomando como referencia las edades de 22 y 38 años recogidas en su historia.
Tras varios años viajando decidió instalarse en Los Hornillos, una localidad del valle de Traslasierra. Allí comenzó a construir su vivienda pese a disponer de un presupuesto reducido. Su formación artística también terminó influyendo en la forma de plantear los espacios, los materiales y la entrada de luz natural.
El proyecto no se apoyó únicamente en materiales convencionales comprados para la obra. Una parte importante de la vivienda procede de elementos reutilizados. Esta decisión permitió reducir determinados costes y, al mismo tiempo, aprovechar objetos que podían tener una segunda utilidad dentro de la casa.
Doce parabrisas de coche se convirtieron en las ventanas de la vivienda
Uno de los elementos más singulares son los 12 parabrisas de automóvil que Mariana compró en una subasta. En lugar de utilizarlos en vehículos, los incorporó a las paredes como ventanas. Los cristales permiten iluminar el interior y mantener las vistas hacia las montañas que rodean Los Hornillos.
También utilizó botellas de vidrio dentro de los muros. Cumplen una función similar al favorecer el paso de la luz a determinadas zonas interiores. Tierra, madera y cristales recuperados forman así parte de una construcción donde varios materiales adquirieron un uso completamente diferente al original.
La técnica empleada parte de sistemas de bioconstrucción y vivienda sostenible basados en entramados de tierra y madera. El barro se convierte en uno de los principales materiales de cerramiento, mientras los elementos recuperados aportan distintas soluciones para la vivienda.
El resultado muestra otra posibilidad para materiales que normalmente quedarían asociados al automóvil o acabarían descartados. En esta casa, los parabrisas dejaron de formar parte de vehículos y pasaron a convertirse en grandes superficies acristaladas. Las botellas también fueron integradas directamente en los muros.
El agua procede de un manantial y utiliza un biodigestor artesanal
La vivienda tampoco depende de soluciones convencionales para todos sus servicios. El agua utilizada por Mariana y su hijo procede de una fuente natural situada en la zona, según la información recogida por El Cronista. Este suministro forma parte del sistema que diseñó alrededor de la casa.
Para tratar los residuos instaló un biodigestor artesanal. El sistema está formado por distintos depósitos colocados a diferentes niveles. De esta manera, la gestión de los vertidos también se integró dentro del proyecto de vivienda levantado con recursos limitados y soluciones adaptadas al entorno.
La combinación de estas características permite entender el proyecto más allá de la apariencia exterior de la casa. Los 12 parabrisas son su elemento más llamativo, pero forman parte de un conjunto que incluye materiales reutilizados, agua natural y tratamiento propio de residuos.
El caso también refleja cómo una vivienda puede evolucionar según los recursos disponibles durante su construcción. Mariana no partió de un proyecto basado únicamente en materiales nuevos. Fue incorporando soluciones relacionadas con lo que podía conseguir y con la forma de vida adquirida durante sus viajes.
Un invierno obligó a detener las obras durante cuatro meses
Construir la casa tampoco fue un proceso continuo. Durante uno de los inviernos más duros, Mariana decidió interrumpir los trabajos durante cuatro meses. En ese periodo alquiló una cabaña cercana para descansar antes de volver a la construcción.
Según el relato recogido por El Cronista y Marie France, no quería continuar trabajando completamente agotada. Una vez superada aquella pausa retomó las obras hasta finalizar la vivienda. Actualmente reside allí junto a su hijo pequeño.
La pausa muestra que el proyecto no respondió a una transformación rápida ni a una vivienda terminada en pocas semanas. Fue un proceso condicionado por el presupuesto, el clima, los materiales disponibles y las circunstancias personales de su propietaria.
Hoy, la casa reúne buena parte de las experiencias acumuladas desde que Mariana salió de la ciudad a los 22 años. Tierra, madera, botellas y parabrisas forman parte de un hogar situado en un entorno montañoso donde vive actualmente con su hijo.
