Hace 5.500 años el Sáhara empezó a secarse y los científicos sitúan una pieza del cambio junto a Groenlandia

Sedimentos del golfo de Guinea muestran una rápida caída de las lluvias entre hace 5.800 y 4.800 años. El estudio conecta aquel cambio con el enfriamiento del Atlántico Norte.

Un estudio internacional publicado el 8 de noviembre de 2017 en Nature Communications reconstruyó el final del Periodo Húmedo Africano. La investigación concluyó que un enfriamiento en las latitudes altas del hemisferio norte pudo activar una cadena climática con alcance continental. Esa alteración debilitó las lluvias del Sahel y del Sáhara hace unos 5.500 años. El trabajo no atribuye la desertificación a Groenlandia como causa única. Sitúa allí una de las señales de un cambio más amplio en el Atlántico Norte. Su interés reside en mostrar cómo una variación remota puede modificar las precipitaciones a miles de kilómetros.

El rastro de la lluvia quedó guardado en ceras vegetales

Entre hace unos 11.500 y 5.500 años, gran parte del norte de África atravesó el denominado Periodo Húmedo Africano. Las precipitaciones mantenían ríos, lagos y extensas áreas de vegetación donde hoy domina la aridez. Pinturas y grabados prehistóricos muestran animales y escenas asociadas a un territorio mucho más húmedo. Para fechar el cambio, los investigadores analizaron un testigo de sedimentos marinos extraído frente a Camerún. El material procedía de 1.328 metros de profundidad y contenía ceras de hojas transportadas hasta el golfo de Guinea. La proporción de isótopos de hidrógeno conservada en esas moléculas funcionó como indicador de las lluvias absorbidas por las plantas.

El registro mostró precipitaciones elevadas durante la fase húmeda y una reducción rápida entre hace 5.800 y 4.800 años. La caída más marcada apareció alrededor de hace 5.300 años. La señal coincidía con datos del norte de África oriental, lo que apuntaba a un mecanismo atmosférico de gran escala. Otros archivos respaldan el cambio. El nivel del antiguo lago Mega-Chad descendió con rapidez cerca de hace 5.200 años. Los sedimentos del noroeste africano también registraron un fuerte aumento del polvo hacia hace 5.500 años. Aun así, la transición no avanzó igual en todas las regiones. Esta historia da contexto a iniciativas actuales, como el muro vegetal africano, destinadas a recuperar tierras degradadas.

El enfriamiento del Atlántico Norte alteró los vientos africanos

La siguiente pista apareció miles de kilómetros al norte del Sáhara. Varios registros indican un descenso de las temperaturas estivales entre hace 6.000 y 5.000 años. Las señales proceden de Groenlandia, el mar de Noruega y el estrecho de Fram. El estudio planteó dos posibles factores para aquel episodio. Uno fue una ralentización de la circulación oceánica del Atlántico. El otro fue una expansión del vórtice polar. Los autores no afirmaron que una entrada masiva de agua dulce ocurriera entonces. La utilizaron en el modelo como método para provocar el enfriamiento y estudiar sus efectos. Esa precisión evita confundir el experimento informático con una reconstrucción literal del acontecimiento.

En las simulaciones, la temperatura superficial bajó entre 0,5 y 2,5 grados en el Atlántico nororiental. La anomalía fría alcanzó el norte de África y debilitó la corriente en chorro tropical del este. Ese viento favorece el ascenso del aire y las precipitaciones durante el verano boreal. Al perder fuerza, disminuyó el movimiento ascendente y el monzón avanzó con más dificultad hacia el norte. Al mismo tiempo, se reforzó la corriente en chorro africana del este, asociada a condiciones más secas. Los cambios en ambos sistemas redujeron las lluvias estivales sobre el Sahel y el Sáhara. El mecanismo guarda relación con la circulación oceánica del Atlántico, aunque aquel episodio ocurrió durante el Holoceno.

La desertificación no respondió a una sola causa local

El enfriamiento remoto habría actuado como detonante, pero el cambio final necesitó varias retroalimentaciones regionales. La pérdida de vegetación redujo la capacidad del terreno para conservar humedad. Los suelos secos, el aumento del polvo y la contracción de lagos y humedales pudieron intensificar la caída de las lluvias. Una superficie con menos vegetación refleja y distribuye la energía de forma diferente. También aporta menos humedad a la atmósfera. Los modelos revisados por los investigadores indicaban que esos procesos no bastaban para iniciar por sí solos un cambio abrupto. Sí podían acelerarlo después de que el sistema climático comenzara a secarse. Por eso, el estudio describe una cadena de causas y respuestas, no un único culpable geográfico.

Los resultados muestran que una variación relativamente pequeña en las altas latitudes puede alterar el ciclo hidrológico de regiones muy alejadas. No prueban que todo el Sáhara se transformara de forma simultánea ni que Groenlandia fuera la única responsable. Tampoco constituyen una predicción directa del clima actual. El estudio aporta una explicación sobre cómo se conectaron océano, atmósfera, vegetación, polvo y agua durante el Holoceno. Esa conexión ayuda a estudiar la sensibilidad de las lluvias africanas frente a cambios en el Atlántico Norte.

Otros cambios climáticos del pasado permiten comparar la rapidez de estas transformaciones. La comparación debe respetar las diferencias entre épocas, causas y concentraciones atmosféricas.

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