El método nació en Kitayama, cerca de Kioto, y permite recolectar troncos rectos mientras el cedro madre continúa vivo.
Japón conserva una técnica forestal con unos 600 años de historia que permite recolectar madera sin derribar el árbol principal. Se llama Daisugi y surgió en Kitayama, al noroeste de Kioto, ante la escasez de terreno y la demanda de troncos rectos. Mediante podas sucesivas, un cedro madre desarrolla numerosos fustes verticales que se cortan tras décadas de crecimiento. La base permanece viva y puede generar nuevas cosechas durante siglos. La documentación oficial de Kioto confirma que esta tradición comenzó durante el periodo Muromachi y estuvo ligada a la arquitectura japonesa del té.
La escasez de terreno en Kitayama impulsó una solución forestal singular
La región montañosa de Kitayama dispone de laderas pronunciadas y poco suelo apto para ampliar las plantaciones. Al mismo tiempo, aumentó la demanda de madera larga, uniforme y sin grandes nudos para las casas de té. La Prefectura de Kioto sitúa el comienzo de la producción del cedro Kitayama entre 1394 y 1427. También vincula su desarrollo con la expansión de la ceremonia del té y la arquitectura sukiya. Aquella combinación de escasez y demanda obligó a extraer más madera de cada superficie disponible.
El Daisugi nació como respuesta a una limitación local, no como una política ambiental moderna. Los silvicultores necesitaban obtener más material de una superficie reducida y aprovechar repetidamente cada árbol. Su interés actual procede de esa capacidad para mantener vivo el ejemplar principal. El método se relaciona así con otros esfuerzos de restauración de tierras degradadas y conservación forestal. Sin embargo, responde a una tradición, unas condiciones geográficas y un tipo de cedro muy concretos.
Así se forma la plataforma de la que nacen los nuevos troncos
El nombre Daisugi puede traducirse como «cedro plataforma». El proceso recuerda al bonsái porque guía el crecimiento mediante una poda minuciosa, pero busca un resultado diferente. Los trabajadores eliminan gran parte de las ramas del cedro y conservan una zona superior casi plana. Desde esa base aparecen numerosos brotes verticales, seleccionados para crecer como troncos independientes. La intervención continúa durante años y exige mantener equilibrada la estructura que sostiene los nuevos fustes.
Durante los años siguientes, los brotes se orientan con varas de bambú y cuerdas para mantener una forma recta. El material facilitado describe la retirada manual de las ramas laterales cada dos años. Solo permanece el crecimiento de la parte superior, lo que limita los nudos y favorece una superficie uniforme. Tras unos 20 años, los troncos aprovechables se cortan sin talar el cedro madre. La base inicia entonces otra generación de brotes que deberá recibir los mismos cuidados.
Un solo cedro puede producir madera durante doscientos o trescientos años
La base viva permite repetir el ciclo muchas veces. El documento de referencia señala que un ejemplar puede producir madera durante 200 o 300 años antes de perder productividad. También indica que algunos árboles antiguos alcanzan unos 15 metros de diámetro en la base. La documentación municipal de Kioto añade que un solo tocón puede sostener decenas de tallos y, en algunos casos, más de un centenar. El propio material facilitado señala que la productividad termina disminuyendo con el paso de los siglos.
Este modelo contrasta con los debates actuales sobre la protección de masas forestales, donde la tala puede afectar al paisaje, la biodiversidad y los hábitats. Los troncos obtenidos se conocen como taruki y fueron apreciados para cubiertas, vigas y otros elementos de las casas de té. El material aportado atribuye a esta madera una densidad y resistencia cercanas al doble del cedro común. También señala una flexibilidad alrededor de un 40% mayor. Esas cifras no aparecen cuantificadas en la ficha oficial consultada. Esta sí destaca la ausencia de nudos, los anillos densos, el brillo y una menor tendencia al agrietamiento.
Las ventajas ambientales conviven con límites técnicos y mucha mano de obra
El Daisugi permite obtener varias cosechas sin derribar de inmediato el árbol principal. También reduce la necesidad de plantar un ejemplar nuevo tras cada corte. Sin embargo, no es una solución universal para cualquier bosque o proyecto de vivienda sostenible. Requiere cedros adecuados, profesionales especializados, podas precisas y décadas de espera. Además, el texto de referencia advierte que esta madera blanda no resulta idónea para todas las estructuras modernas sometidas a grandes cargas.
Su valor reside tanto en el aprovechamiento forestal como en la conservación de un conocimiento transmitido durante seis siglos. La técnica muestra cómo una restricción de espacio produjo un sistema capaz de renovar los troncos sobre una misma base. La Prefectura de Kioto mantiene una ficha oficial sobre el cedro Kitayama y su relación con la arquitectura tradicional.
El Daisugi debe entenderse como una práctica histórica específica, no como una respuesta automática a toda deforestación. Su continuidad depende de conservar también el oficio de quienes saben podar, guiar y seleccionar cada nuevo tronco.
