Margarita Paradela mantiene viva Panadería Vilaboa, una tahona histórica de Culleredo donde el pan se cuece como antes, con leña, reposo y muchas horas de trabajo.
Hay oficios que dejan huella más allá de la jornada laboral. A Margarita Paradela le ocurre cada día en Panadería Vilaboa, un obrador histórico de Culleredo que conserva uno de los pocos hornos de leña que siguen funcionando en el área metropolitana de A Coruña. Allí, entre masas, humo y madrugadas, esta panadera sostiene un negocio que lleva más de medio siglo alimentando al vecindario.
Panadería Vilaboa conserva el pan al peso en un horno de leña único
La Panadería Vilaboa, situada en el número 2 de la Rúa da Calzada, mantiene una forma de trabajar cada vez menos habitual. En la parte trasera del pequeño despacho se encuentra el gran protagonista del obrador: un horno de leña esculpido en piedra que ha cocido miles de panes durante décadas.
Margarita Paradela asegura que ese sistema cambia por completo el resultado. El pan tiene una corteza más crujiente, conserva mejor la humedad y ofrece un sabor distinto al que se consigue con hornos eléctricos o de pellets. En este obrador apenas hay maquinaria. La única ayuda es una amasadora, porque la fermentación se deja en manos del tiempo.
Cada bollo necesita entre cinco y seis horas de reposo antes de entrar en el horno. La humedad, el calor, la calidad del agua y la propia masa condicionan el trabajo diario. Por eso la panadera reconoce que este oficio exige atención constante y experiencia.
Margarita Paradela mantiene jornadas de madrugada para sacar las bollas artesanas
La jornada en esta tahona empieza cuando gran parte de A Coruña duerme. “Aquí somos artesanos de los de antes, de los que empiezan a las 23.30 horas”, cuenta Paradela. Sus días pueden alcanzar las 15 horas de trabajo, una rutina dura que lleva marcada por la falta de descanso: “Llevamos 20 años sin vacaciones”.
Aun así, la respuesta de los clientes compensa parte del esfuerzo. Según explica, hay personas que compran varios panes para congelarlos porque no quieren otro. Cada mañana pasan por el local entre 100 y 200 clientes en busca de roscas, bollas y piezas vendidas al peso, una costumbre que resiste en Vilaboa.
Parte de la producción se reparte también en A Coruña, mientras que otra queda en las baldas del obrador para atender al vecindario. Para muchos vecinos, la panadería gallega sigue siendo “el horno”, como se decía antiguamente.
Empanadas hechas a mano y una historia marcada por el amor al oficio
Además del pan, las empanadas son otro de los productos más reconocidos del obrador. Solo se venden en el local y se elaboran a mano, desde el estirado de cada tapa hasta el relleno. Entre las más demandadas están las de bonito, bacalao, berberechos y lacón asado con pimientos.
Paradela llegó al mundo del pan casi por casualidad. Era administrativa y, según cuenta con humor, de pan “solo sabía comerlo”. Todo cambió al enamorarse de un panadero. Después llegaron los años de aprendizaje, el trabajo para hostelería y, hace dos décadas, la decisión de ponerse al frente de esta tahona histórica.
Ahora, con 55 años, la panadera empieza a pensar en un relevo que permita dar continuidad al negocio. El cansancio pesa, pero también la responsabilidad de mantener vivo un oficio que ha formado parte de la vida diaria de Culleredo durante generaciones.
Asegura que el pan todavía le habla nada más olerlo. Cuando va a un restaurante, lo primero que hace es abrir el bollo para comprobar su humedad, la mezcla del trigo o si la masa ha sido congelada. Para ella, el pan lo dice todo.
