Uno puede pensar que en el Museo del Melonero de Villaconejos lo normal es encontrarse melones por todas partes. Pero la sorpresa empieza justo ahí: no va de exponer fruta, sino de contar quiénes la hicieron famosa. Fernando Agudo, gerente y fundador de este espacio en Villaconejos (Comunidad de Madrid), lo explicó en el programa Herrera en COPE con una frase muy clara: “En el museo no hay melones, en el museo lo que hay es la historia de los meloneros de Villaconejos”.
La historia mezcla tradición familiar, plazas de Madrid, una guerra en África y unas semillas que viajaron de vuelta. También abre un melón, nunca mejor dicho, sobre qué era realmente el piel de sapo original y qué se vende hoy con ese nombre. Y, como remate práctico, deja algunas pistas para mirar mejor la sandía en el supermercado sin llevarse una que suene “a cartón”, que para sustos ya está la cuenta de la compra.
¿Qué cuenta el Museo del Melonero de Villaconejos?
La historia de Fernando Agudo llegó al programa Herrera en COPE de la mano de Carlos Herrera y María José Navarro, dentro de su Historia del Día. Allí, el gerente del Museo del Melonero explicó que el espacio no está dedicado a enseñar piezas de fruta, sino a conservar la memoria de quienes trabajaron durante generaciones alrededor del melón.
Agudo habla desde una experiencia muy cercana, porque su propia familia se ha dedicado al cultivo de esta fruta. De ahí que el museo tenga un enfoque más humano que agrícola: no se centra en el escaparate del producto, sino en los meloneros de Villaconejos y en las condiciones de vida que tuvieron quienes sostuvieron esta tradición.
¿Desde cuándo se venden melones de Villaconejos en Madrid?
El vínculo entre Villaconejos y el melón viene de lejos. Según contó Fernando Agudo, sus investigaciones apuntan a una tradición antigua, con referencias situadas “a finales del siglo XVI aproximadamente, o XVII”, una fecha que ya coloca el asunto bastante antes de que el supermercado nos acostumbrara a elegir fruta por etiqueta y oferta.
El propio Agudo explicó que encontró la referencia de un historiador de Madrid que mencionaba la venta de estos productos en la Plaza de la Cebada. En sus palabras, aquel autor decía en uno de sus libros que en uno de los laterales de la plaza se vendían “gallinejas, mantas y melones de Villaconejos”, una mezcla curiosa, sí, pero muy útil para entender hasta qué punto el nombre del municipio ya circulaba unido al melón.
¿Cómo llegaron las semillas africanas que cambiaron el melón de Villaconejos?
Uno de los episodios más llamativos de esta historia tiene que ver con la guerra de África. Agudo relató que un soldado destinado allí vio unos melones distintos a los que se conocían en Villaconejos: eran “melones negros y alargados”, según detalló el gerente del museo.
Aquel soldado se trajo unas pocas semillas y, con el tiempo, esas semillas se fueron multiplicando. Según explicó Agudo, aquellos melones acabaron cogiendo “mucha fama en Madrid”, lo que convirtió una anécdota de viaje y guerra en parte de una tradición agrícola que todavía hoy se recuerda en Villaconejos.
¿Por qué Fernando Agudo distingue el piel de sapo original de los híbridos actuales?
Aunque hoy se relaciona Villaconejos con el melón piel de sapo, Fernando Agudo matiza que el original no era como muchos de los que se comercializan ahora. Según afirmó, “el sapo nuestro es diferente”, porque era un melón de “unos 2 kilos y medio, aproximadamente”, con “una semilla muy chiquitita”, muy dulce y autóctono, es decir, propio de la zona.
Agudo fue especialmente claro al hablar de los melones actuales vendidos bajo ese nombre. Según dijo, “los que hay ahora” y se presentan como piel de sapo “no lo son”, porque “son todos híbridos”. Para él, la variedad más destacada son los mochuelos, a los que definió como “la mejor variedad de melones”, aunque también señaló que se siembran muy pocos porque son muy delicados.
Cómo elegir una buena sandía en el supermercado según José Manuel Ruiz
Aunque la pregunta habitual suele ir hacia el mejor melón de supermercado, las pautas concretas aportadas por José Manuel Ruiz, agricultor de Villaconejos, se centraron en la sandía. Lo contó con Cristina López Schlichting en Fin de Semana, donde explicó qué detalles conviene mirar antes de comprarla. Estas son las señales prácticas que mencionó para no fallar en la elección:
- La sandía debe “tener peso”, porque eso indica que está llena.
- Al darle un toque, debe sonar “a macizo”.
- No debe sonar “a cartón”, porque esa no sería buena señal.
- El color debe ser “verde fuerte; que esté vivo”.
- La mancha amarilla debe estar, porque es la zona que ha tocado la tierra.
En resumen, según lo explicado por Ruiz, una buena sandía debe ser oscura, pesada y sonar maciza al golpearla suavemente. La famosa mancha amarilla no es un defecto raro ni una señal para salir corriendo: forma parte del contacto de la fruta con la tierra, así que conviene mirarla con menos sospecha y con algo más de calma.
