Una máquina de café, un cambio de 1,60 euros y un despido disciplinario han terminado en una condena para la empresa, que deberá pagar una indemnización equivalente a 18 salarios mensuales a un trabajador con más de 14 años de antigüedad.
El caso, ocurrido en Brescia (Italia) en 2024, muestra hasta qué punto un incidente mínimo puede convertirse en un conflicto laboral grave cuando la empresa opta por la vía más dura. La sentencia del Tribunal de Brescia concluye que el castigo impuesto no guarda proporción con lo sucedido y descarta las acusaciones más graves esgrimidas por la compañía.
Un conflicto laboral por el cambio de un café y un despido disciplinario desproporcionado
Según la reconstrucción judicial, todo comenzó con una compra de café en una máquina expendedora durante el descanso del empleado. El trabajador pagó, recibió la bebida, pero la máquina no le entregó el cambio de 1,60 euros.
Convencido de que ese dinero le pertenecía, volvió al día siguiente, cuando el técnico encargado de reparar la máquina estaba trabajando en ella. En el momento en que el aparato se abrió, el empleado tomó las monedas que consideraba suyas. La escena fue presenciada por un compañero, que entendió que se estaba quedando con dinero de la recaudación y se enfrentó a él, originando una discusión.
El incidente llegó rápidamente a conocimiento de los superiores. A partir de ahí, lo que podría haberse resuelto como una simple aclaración derivó en la decisión más drástica: el despido disciplinario del trabajador.
Los argumentos de la empresa para justificar el despido disciplinario del trabajador
En la carta de despido, la empresa sostuvo que el empleado se había aprovechado “de la distracción del operador de la máquina expendedora, presente en la empresa, para apropiarse indebidamente de parte del dinero, retirándolo de la recaudación correspondiente”. Además, sostuvo que el comportamiento suponía una apropiación de un dinero que no le correspondía y que debería haber solicitado siguiendo el protocolo interno.
La compañía añadió un segundo motivo: unas supuestas agresiones físicas y verbales contra el compañero que le recriminó haber cogido las monedas. Sin embargo, ninguna de estas alegaciones fue considerada probada por el tribunal. Tampoco se aclaró si el trabajador tomó el cambio con autorización del técnico o sin ella, un elemento que quedó sin precisar.
Este tipo de reacciones empresariales, basadas en castigos extremos por hechos de escasa entidad económica, reflejan una gestión poco prudente de los conflictos laborales, que puede acabar abriendo la puerta a reclamaciones judiciales de gran alcance.
El Tribunal de Brescia destaca la antigüedad del trabajador y la falta de perjuicio económico
La sentencia del Tribunal de Brescia pone el foco en varios aspectos clave. En primer lugar, el trabajador acumulaba más de 14 años de servicio en la empresa. En segundo lugar, devolvió el dinero tras la discusión con el compañero, por lo que no se acreditó ningún perjuicio económico para la compañía.
El juzgado también descarta las amenazas y agresiones que la empresa había incluido en la carta de despido. El juez entiende que esas acusaciones carecían de la concreción necesaria y subraya que no se aportaron pruebas suficientes que las respaldaran.
Con estos elementos sobre la mesa, el tribunal concluye que el despido disciplinario no guarda una relación razonable con los hechos. Por ello, ordena el pago de una indemnización equivalente a 18 salarios mensuales, aunque no impone la readmisión porque el propio trabajador no la había solicitado. La resolución recoge que “el despido notificado resulta objetivamente desproporcionado respecto a la gravedad de la conducta globalmente atribuida al empleado”.
Impacto de la sentencia sobre futuras decisiones empresariales de despido disciplinario
La jueza también se detiene en la acusación de que el trabajador habría empujado e intimidado a su compañero. Según razona, “Es necesario, en primer lugar, señalar el carácter general de la acusación, sin ninguna referencia específica». En este sentido, considera que el empleado fue “grosero pero no amenazante”, rebajando así la gravedad de los hechos descritos por la empresa.
Este caso ilustra cómo una actuación precipitada puede transformar un conflicto menor, centrado en el cambio de un café, en un procedimiento judicial con un alto coste económico y reputacional. La sentencia envía un mensaje claro: a la hora de imponer un despido disciplinario, las empresas deben valorar la proporcionalidad entre la conducta del trabajador, su trayectoria en la compañía y el daño real causado.
Dado lo anterior, esta resolución se convierte en un recordatorio para los empleadores de que no todo error justifica la sanción máxima. La falta de pruebas sólidas y el carácter leve del perjuicio, especialmente cuando el dinero es devuelto y no se demuestra daño a la empresa, pueden convertir un despido en una decisión injustificada que termine siendo muy cara.
