Hallan plumas de un ave de hace 66 millones de años dentro de un excremento de dinosaurio

El fósil de Montana reúne plumas, huesos y escamas de pez. Su análisis aporta indicios sobre el plumaje, no una explicación definitiva de la extinción.

Un excremento fosilizado de dinosaurio ha conservado durante unos 66 millones de años las plumas tridimensionales de un ave buceadora. Estos excrementos reciben el nombre de coprolitos. El estudio, publicado el 10 de septiembre de 2026 en Current Biology, analiza una pieza hallada en Montana en 2016. Según el Field Museum, son las primeras plumas conocidas de los hesperornitiformes, un grupo extinto de aves acuáticas. El hallazgo permite estudiar su plumaje, pero no demuestra por sí solo por qué desaparecieron.

El coprolito de dinosaurio reúne plumas, huesos y escamas de pez

David DeMar encontró la pieza mientras buscaba fósiles de peces en la formación Hell Creek. Tenía aproximadamente la mitad del tamaño de una pelota de golf y mostraba una pequeña pluma en su superficie. Ese detalle llevó a examinarla en el laboratorio mediante análisis minerales y tomografía computarizada. A diferencia de otros fósiles de dinosaurios, aquí no se estudia un gran hueso, sino restos conservados tras la digestión. Las imágenes permitieron ver el contenido sin depender únicamente de lo que afloraba por fuera.

El resumen del estudio atribuye el coprolito a un terópodo de tamaño medio, sin identificar con certeza su especie. Dentro aparecieron huesos de una pata de ave y pequeñas escamas de pejelagarto. La asociación entre huesos y plumas permite proponer a qué grupo pertenecía el ave, en lugar de estudiar una pluma aislada. Los autores interpretan las escamas como restos de la última comida del ave. Esto plantea una posible cadena alimentaria: el pez habría sido ingerido por el ave y esta, después, por el dinosaurio. No equivale a demostrar que el dinosaurio cazara directamente a ambos animales.

Las plumas mezclan características modernas y otras que desaparecieron

Dos de las plumas presentan un eje de sección cuadrada con un interior parecido a una esponja. Son características presentes en las aves actuales. La Universidad de Washington destaca que el siguiente registro conocido de ese interior esponjoso procede del Eoceno de Dinamarca. Tiene unos diez millones de años menos. La comparación amplía el registro fósil documentado de esa estructura; no fija el momento exacto en que apareció durante la evolución. El trabajo no describe las primeras plumas de la historia, sino el primer registro de esa combinación estructural en el Mesozoico.

Otras plumas del mismo coprolito muestran formas pequeñas y más primitivas. Esa combinación impide describir al animal como si tuviera un plumaje completamente idéntico al de las aves actuales. Las estructuras observadas también encajan con adaptaciones acuáticas, como limitar la entrada de agua entre sus ramificaciones. Sin embargo, el fósil no conserva la distribución completa de las plumas sobre el cuerpo. Tampoco permite reconstruir con certeza su color ni extender automáticamente estas características a todos los hesperornitiformes.

Por qué el hallazgo no demuestra la causa de la extinción

Jingmai O’Connor, investigadora del Field Museum y autora principal, plantea que el tipo de plumaje pudo influir en la supervivencia al final del Cretácico. Las plumas corporales ayudan a conservar el calor. Si las de algunos linajes aislaban peor, podrían haber dificultado su resistencia al frío posterior al impacto del asteroide. Es una hipótesis para explicar diferencias entre grupos, no una medición de la temperatura corporal de este ejemplar ni una prueba definitiva.

Los hesperornitiformes no pertenecían a Neornithes, el grupo que incluye a todas las aves vivas. Eran parientes próximos y también estaban adaptados al agua, pero desaparecieron. Esa comparación cuestiona que vivir cerca de ambientes acuáticos baste para explicar la supervivencia. El estudio dirige la atención hacia el aislamiento y la renovación del plumaje. Todavía falta comprobar cuánto pesó cada factor frente a las demás condiciones de aquella extinción.

Qué se sabe del ave y qué sigue sin poder reconstruirse

Hay tres niveles de certeza que no deben confundirse. Las plumas, las escamas y los fragmentos óseos son restos observados. Su atribución a una misma cadena alimentaria depende de la interpretación anatómica y del contexto. La relación con la supervivencia al impacto es una hipótesis más amplia. El fósil tampoco permite saber si el dinosaurio cazó al ave o consumió su cadáver. Conservar parte de una comida no conserva necesariamente la secuencia completa de lo que ocurrió.

Los investigadores proponen ampliar la búsqueda a otros coprolitos mediante tomografía. Así podrían comprobar si este tipo de conservación aparece en más ejemplares y comparar distintos plumajes. Mientras tanto, la pieza ya puede verse en el Burke Museum, según la Universidad de Washington. El comunicado del Field Museum explica los resultados y la hipótesis sobre el frío.

La publicación científica reúne esas observaciones bajo el título Bird feathers from a Late Cretaceous coprolite.

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