Su casa de montaña, en Val Seriana, no tiene electrodomésticos y la chimenea es su única fuente de calor. La pensión completa lo que obtiene de una pequeña granja.
Giuseppina vive aislada en las montañas del valle de Val Seriana, en la provincia italiana de Bérgamo, sin teléfono, radio, televisión, nevera ni un sistema de calefacción. El documental de The Pillow que muestra su rutina se difundió el 6 de marzo de 2026. La chimenea calienta una sola estancia y, durante las noches más duras, la mujer asegura que llega a dormir cubierta por 16 mantas.
Su jornada transcurre entre el bosque, la leña y los animales. Está jubilada, pero continúa trabajando en una pequeña explotación y cría un ternero al año para venderlo. Ese ingreso no le basta, por lo que afirma que necesita la pensión para subsistir. Tampoco ha viajado ni ha pasado una noche fuera de su casa, una forma de vida marcada por el aislamiento y por las costumbres con las que creció.
Una casa sin electrodomésticos donde el frío hace de nevera
La vivienda es una antigua casa de piedra a la que no llega una carretera directa, según la descripción del documental. Dentro tampoco hay cocina ni placa de cocción: el fuego de la chimenea sirve para calentar la estancia en la que come. Giuseppina explica que esa ausencia de tecnología no le supone una renuncia reciente: “Me acostumbré a las cosas antiguas y ni siquiera tengo teléfono, radio ni televisión, porque no me gusta”.
La nevera tampoco forma parte de la casa. La mujer cuenta que el frío exterior conserva los alimentos y que, por esa razón, no necesita el electrodoméstico. El problema llega al dormir, ya que el dormitorio no recibe el calor de la chimenea y la temperatura puede bajar hasta los 13 grados bajo cero. Su solución es acumular capas: “Cuando duermo estoy caliente, porque uso 16 mantas a la vez”.
Nunca ha pasado una noche fuera ni ha viajado en avión
Giuseppina asegura que jamás ha dormido fuera de su vivienda. Tampoco ha viajado y descarta subir a un avión porque la velocidad y sus movimientos le producen miedo. “Eso de que vaya rápido, baje y luego suba no podría soportarlo”, explica en el relato. Para ella, alejarse de la montaña no representa una oportunidad, sino una situación que prefiere evitar.
La casa no siempre estuvo ocupada por una sola persona. Durante su infancia vivió allí con sus padres y sus dos hermanas, pero con el paso de los años se quedó sola. Para llenar las habitaciones comenzó a comprar muñecos y juguetes, mientras los calendarios y relojes le permiten mantener la referencia del día y la hora pese al escaso contacto con el exterior.
Los animales se han convertido en su familia
La relación con las personas ocupa un lugar muy reducido en su vida. Giuseppina reconoce que está más acostumbrada a tratar con animales y que no suele relacionarse con otra gente. La acompañan vacas, gallinas, gatos y un perro, que forman parte de su rutina desde que comienza el trabajo por la mañana hasta que regresa a la casa.
Esa preferencia no se limita a la compañía. La mujer sostiene que las aglomeraciones la marean y la hacen sentirse débil, mientras que entre sus animales se encuentra más segura. “La gente no es para mí. En cambio, entre los animales te sientes más fuerte; los animales se han convertido en mi familia”, afirma. La frase resume el vínculo que ha construido para afrontar su vida cotidiana en soledad.
La granja mantiene su rutina, pero la pensión le permite subsistir
Aunque está jubilada, Giuseppina sigue cortando leña, recogiendo estiércol y buscando hojas secas y madera por la montaña con una gran cesta. También cuida del ganado y vende un ternero al año. Muchas de esas labores coinciden con tareas que todavía aparecen en ofertas de cuidado de animales y mantenimiento de fincas, aunque en su caso no se trata de un empleo asalariado, sino de su propia explotación.
El equilibrio económico es frágil. Según explica, aumentar el número de animales exigiría tractores y más personal, pero mantener una explotación pequeña tampoco genera ingresos suficientes. “Por esto necesito el dinero de la pensión, porque no es suficiente con vender un ternero al año”, reconoce. Su historia recuerda a otros jubilados que deciden seguir ligados al campo, como el agricultor de 75 años que optó por la jubilación activa. La fuente sobre Giuseppina no precisa la modalidad de su pensión ni cómo se regula su situación en Italia.
