Elena dejó atrás su preparación para Policía Nacional y ahora trabaja hasta 15 horas diarias en el campo: “Una ilusión, no solo un trabajo”

La zaragozana compagina sus estudios con un rebaño y varias explotaciones agrícolas. Los ingresos variables y la meteorología condicionan cada campaña.

Elena Burillo tiene 26 años y trabaja entre la ganadería y la agricultura. En las campañas más exigentes, su jornada puede comenzar a las 7:00 y terminar sobre las 22:00. La entrevista original volvió a circular en otros medios a finales de julio. Su relato muestra el coste personal y económico de incorporarse al campo, pero también la satisfacción de dirigir una explotación propia.

De preparar Policía Nacional a comprar su primer rebaño con 21 años

Elena no tuvo claro desde el principio que quería continuar la actividad familiar. Había crecido en una casa vinculada al campo, pero escuchó durante años que ese camino ofrecía pocas perspectivas. Tras terminar sus estudios, comenzó a prepararse para ingresar en la Policía Nacional, aunque pronto descartó esa opción. Pasó cerca de cuatro años probando otros trabajos hasta matricularse, con 21 años, en un grado superior de vitivinicultura.

La viña no terminó de convencerla, pero las prácticas realizadas en Burdeos cambiaron su rumbo. Allí pudo utilizar maquinaria agrícola y descubrió la actividad que realmente quería desarrollar. Al regresar, inició la carrera de Ingeniería Agroalimentaria y del Medio Rural y compró su primer rebaño. Actualmente combina los estudios con varias explotaciones, trabaja con su tío y recibe ayuda de su padre. Su recorrido comparte rasgos con otras jóvenes que cuentan qué supone trabajar como agricultora autónoma.

Jornadas de 15 horas entre corderos, cultivos, riego y maquinaria

Durante la época más intensa, Elena comienza a las siete de la mañana y termina alrededor de las diez de la noche. La jornada arranca en la nave, donde revisa los corderos recién nacidos, prepara biberones y alimenta a las madres. Después se desplaza al campo para segar, empaquetar, recoger cultivos y atender las alcachofas. La producción también debe llevarse a vender cuando corresponde.

A esas tareas se suman la preparación del terreno para sembrar maíz y el control periódico del riego. Elena admite que podría reducir cultivos y asumir menos trabajo, pero quiere hacer crecer el proyecto. Ser responsable de sus decisiones compensa parte del esfuerzo diario. Define esta actividad como «una ilusión, no solo un trabajo». También intenta que su hermana, residente en Holanda, regrese para compartir una carga difícil de asumir en solitario.

La meteorología y los precios convierten cada campaña en una incógnita

La joven identifica la meteorología como el factor más duro del oficio. Una sequía puede arruinar meses de inversión, mientras una tormenta puede destruir una cosecha en muy poco tiempo. A esa exposición se añaden las averías, los gastos imprevistos y la falta de certezas sobre el precio final. Elena también señala el desgaste emocional de trabajar bajo presión sin disponer de tiempo para atender la preocupación acumulada.

Los ingresos tampoco llegan como una nómina fija. Al comenzar, explica, resulta habitual pedir préstamos e invertir en maquinaria y animales antes de recuperar el dinero. En abril de 2026 consideraba que la ganadería atravesaba un buen momento por el precio del cordero. La agricultura estaba más ajustada por el gasóleo y otros costes. Por eso defiende combinar ambas actividades, de modo que una compense las pérdidas de la otra. La incertidumbre también aparece en las denuncias sobre precios bajos en origen.

Ser mujer exige demostrar el trabajo y las pequeñas explotaciones afrontan más presión

Elena asegura que su edad no ha sido el principal motivo de cuestionamiento, pero sí haber empezado más tarde y ser mujer. Recuerda que algunos hombres daban por hecho que necesitaría ayuda para realizar tareas físicas. En redes sociales percibe una exigencia añadida. Según relata, debe demostrar que hace personalmente el trabajo, porque algunas personas atribuyen las tareas a su padre o a otro hombre.

Pese a las dificultades, no comparte una visión completamente pesimista sobre el relevo generacional. Observa más jóvenes en ferias y considera que las redes muestran una imagen distinta del campo. A quienes quieran empezar les recomienda formación, capacidad de trabajo y ambición empresarial. Según su valoración, antes podía vivirse con 20 hectáreas, mientras ahora serían necesarias 200. También teme la pérdida de pequeñas explotaciones ante la compra de terrenos por fondos y el avance de modelos intensivos. Proyectos de pastoreo extensivo y relevo reflejan que la continuidad depende de la viabilidad económica y del acceso a recursos.

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