Si tienes familia en el pueblo o recuerdas alguna vendimia, sabes que el campo siempre ha sido sinónimo de trabajo duro y orgullo, pero también de cuentas muy ajustadas. En La Rioja, ese equilibrio se ha roto y muchos agricultores sienten que ya no salen los números ni a la de tres. Las últimas movilizaciones, con tractores recorriendo Logroño, han puesto cara y voz a un sector que se siente olvidado. Entre gasóleo caro, normas europeas y trámites infinitos, la lucha ya no es solo por la cosecha de este año, sino por tener futuro dentro de unos años.
En medio de todo, la Unión Europea mueve ficha con nuevas cláusulas de salvaguarda frente al acuerdo con Mercosur, que suenan a pequeño alivio, pero no a solución definitiva. Y mientras tanto, el relevo generacional sigue en el aire: pocos jóvenes, mucha experiencia acumulada y una pregunta latente, quién va a seguir al frente del tractor cuando los veteranos se bajen.
¿Por qué se están movilizando los agricultores en La Rioja?
Las protestas del campo en La Rioja reflejan un cansancio que viene de lejos y un deseo claro: que se les escuche de verdad. Agricultores y ganaderos sienten que la rentabilidad se ha ido por el desagüe mientras el trabajo sigue siendo el mismo o incluso mayor. No se trata solo de números, también de orgullo, de seguir alimentando a una tierra que, como dicen muchos, no se rinde fácilmente. Desde Murillo hasta Villamediana, las voces del campo reclaman dignidad, equilibrio y futuro.
Joaquín, agricultor, resume en una frase medio siglo de cambio en el campo riojano: «Hace 50 años todo daba dinero, ahora nada es rentable, cuando los abonos costaban 10 pesetas y todo valía». En la misma línea, Julián, agricultor de Murillo, lanza un diagnóstico sin rodeos: «Ahora nada es rentable. Hace 50 años todo salía: la viña, los espárragos, las hortalizas… Hoy no sacas dinero de nada». De ahí que muchos sientan que trabajan para mantenerse a flote, no para vivir con tranquilidad de su profesión.
El campo riojano toma Logroño, pero las soluciones no llegan tan rápido
Esta semana, 600 agricultores y ganaderos y una treintena de tractores han recorrido las calles de Logroño. No han logrado que baje el gasóleo ni que se cambien las leyes de un plumazo, pero sí algo importante: que la sociedad mire al campo de frente. Entre bocinazos y pancartas, el grito ha sido claro, el campo no quiere compasión, quiere reglas justas y precios que permitan vivir de su trabajo. No es casual que una de las frases que más se ha repetido sea «¡Qué nos escuchen de una puñetera vez!».
La movilización ha servido, además, para recordar con datos lo que muchas veces se da por hecho. El campo riojano sostiene 9.000 explotaciones y más de 10.000 empleos directos, y genera el 6 % del PIB regional. Es decir, no estamos hablando de un sector marginal, sino de una pieza clave de la economía y de la vida en los pueblos. Estas son algunas cifras clave que se han puesto sobre la mesa:
| Indicador | Dato en La Rioja |
|---|---|
| Explotaciones agrarias | 9.000 |
| Empleos directos | Más de 10.000 |
| Peso en el PIB regional | 6 % |
Estas cifras explican por qué, cuando el campo se detiene y sale a la calle, el impacto va mucho más allá de las fincas y las naves. Por lo tanto, ignorar sus reclamaciones no es solo un problema para los agricultores, también para el resto de la economía regional.
Berta, María, Enrique y Laura: el campo con nombres, apellidos y generaciones
Detrás de cada tractor hay una historia concreta. Berta, viticultora de menos de 50 años, lo expresa entre resignación y coraje: «Yo ya no espero nada». Lo dice desde la experiencia de quien sigue trabajando la viña, pero mira al futuro con cautela. Su testimonio, y el de muchos otros, ha hecho que se vuelva a hablar del campo con rostro humano, no solo con estadísticas.
En Villamediana, María decidió llevar a su hijo al tractor en lugar del colegio durante la movilización. Más que una anécdota, es un gesto que apunta al relevo generacional: los niños empiezan a entender pronto qué están defendiendo sus padres. Enrique, ganadero, lo resume con serenidad y sin dramas: «sin nosotros, España y La Rioja pierden pueblos, empleo y memoria». En consecuencia, cada vez que se cierra una explotación, no solo desaparece una empresa familiar, también una parte de la vida del pueblo.
El reto del relevo generacional aparece con fuerza en los datos. En La Rioja, solo el 11 % de los agricultores tiene menos de 40 años y la media de edad ronda los 59 años. Esto quiere decir que gran parte del campo se sostiene sobre hombros veteranos. Laura, estudiante de Ingeniería Agrónoma en Azofra, representa esa nueva generación que podría tomar el testigo. Lo tiene claro: «El futuro del campo pasa por formarse, innovar y creer en lo que haces». Su visión conecta con la urgencia de modernizar el sector y hacerlo atractivo para los jóvenes, no solo como un recuerdo bonito de infancia, sino como un proyecto de vida.
Rentabilidad, burocracia y Europa: cómo se complica la vida en el campo riojano
La falta de rentabilidad es el gran enemigo silencioso del campo riojano. Los costes se disparan, desde el combustible hasta los fertilizantes y la maquinaria, mientras los precios de venta apenas se mueven. Por otro lado, cada campaña suma más papeleo y obligaciones. La Política Agrícola Común, los llamados cuadernos verdes y otros requisitos administrativos se convierten en una especie de examen continuo para poder cobrar ayudas o cumplir normas. De ahí que muchos agricultores sientan que pasan casi tanto tiempo con papeles como sobre el tractor.
En este contexto entra en juego Europa. Las recientes decisiones del Parlamento Europeo han supuesto un pequeño alivio para el sector. Con 483 votos a favor, se han aprobado nuevas cláusulas de salvaguarda que endurecen el acuerdo entre la UE y Mercosur. Las cláusulas de salvaguarda son, en la práctica, mecanismos de protección que permiten intervenir si la situación se complica: por ejemplo, si las importaciones de carne, pollo o azúcar crecen más del 5 % o si los precios europeos bajan más de un 5 %. El objetivo es proteger al productor local cuando la competencia exterior aprieta demasiado. Ricardo, agricultor riojano, lo resume con realismo: «no es la solución, pero al menos parece que nos escuchan».
¿Qué pueden hacer ahora los agricultores y la ciudadanía?
Las movilizaciones no son la solución definitiva, pero sí pueden ser la chispa que encienda debates y reformas. El campo riojano pide respeto, reglas claras y que quienes toman decisiones se acerquen al terreno, literal y figuradamente. El gasóleo y los abonos no se pagan con discursos, sino con precios justos y normas pensadas para quienes trabajan la tierra y cuidan el ganado.
Para que todo esto no se quede solo en una foto de tractores en la capital, hay algunos pasos concretos que pueden ayudar, tanto a los profesionales del campo como a la ciudadanía que vive de sus productos:
- Priorizar en la medida de lo posible la compra de productos riojanos, para apoyar a las 9.000 explotaciones y los más de 10.000 empleos directos que sostienen el campo.
- Participar en cooperativas, organizaciones agrarias o reuniones del sector, para que las quejas se transformen en propuestas concretas y colectivas.
- Anotar con detalle los costes de producción y las ventas, de forma que las reclamaciones sobre precios y rentabilidad se basen en datos claros.
- Exigir a los responsables políticos, desde los ayuntamientos hasta las instituciones europeas, que se sienten a escuchar en el propio terreno y no solo desde el despacho.
- Implicar a los jóvenes en las decisiones familiares sobre la explotación, para que el relevo generacional no llegue tarde o no llegue nunca.
Como recuerda Julián, «la tierra no solo da trabajo, da vida». Más que simples protestas, las movilizaciones del campo riojano son una llamada de atención. Han recordado que gobernar de espaldas a la tierra es gobernar sin raíces y que, sin agricultores ni ganaderos, no hay país que valga. El mensaje final es claro: el campo no quiere palmaditas en la espalda, quiere que quienes deciden se manchen las botas y escuchen de verdad.
