La cifra oficial supera los 1,7 millones comunicados en 2023. El arbusto fija el suelo salino y reduce las tormentas de polvo, aunque no recuperará el lago.
Uzbekistán ha creado una cubierta vegetal protectora sobre dos millones de hectáreas del lecho seco del Mar de Aral entre 2018 y 2025. La actualización de la Agencia Forestal, publicada el 6 de marzo de 2026, supera los 1,7 millones comunicados en noviembre de 2023. La plantación utiliza saxaul y otras especies desérticas capaces de fijar el suelo salino. Su misión es reducir la erosión e impedir que el viento levante polvo contaminado.
El regadío soviético convirtió gran parte del Mar de Aral en el desierto de Aralkum
El desastre comenzó en la década de 1960, cuando la Unión Soviética desvió el Amu Daria y el Sir Daria. El agua se destinó a grandes sistemas de regadío, especialmente para cultivar algodón en las zonas áridas de Asia Central. El Mar de Aral, considerado entonces el cuarto mayor lago interior del mundo, perdió cerca del 90% de su agua. La evaporación terminó superando la entrada de agua dulce y arruinó buena parte de la actividad pesquera.
El retroceso dejó al descubierto unos 60.000 kilómetros cuadrados de antiguo fondo marino, ahora conocidos como el desierto de Aralkum. Ese suelo conserva sal y residuos procedentes de décadas de agricultura intensiva. Las tormentas levantan esas partículas y las transportan a largas distancias, con efectos sobre el aire, los cultivos y la salud. El desafío comparte rasgos con otros proyectos dedicados a recuperar hábitats dañados, aunque aquí no puede reconstruirse el ecosistema acuático original.
El saxaul actúa como una barrera viva frente a la sal y el polvo
El saxaul pertenece al género Haloxylon y está adaptado a los desiertos salinos de Asia Central. Sus raíces pueden alcanzar entre 10 y 15 metros, lo que permite encontrar humedad en capas profundas. Un ejemplar adulto puede detener hasta cuatro toneladas de arena en movimiento, según los datos divulgados por el PNUD. También soporta temperaturas situadas entre los 30 grados bajo cero y los 45 grados positivos.
La imagen de un bosque denso sería incorrecta. El resultado es un matorral abierto, bajo y disperso, diseñado para frenar el viento cerca del suelo. Es una estrategia de gestión natural del territorio que reduce el riesgo actuando donde nace el problema. Para alcanzar la superficie anunciada, Uzbekistán empleó 7.800 toneladas de semillas desérticas y movilizó a más de 2.000 trabajadores entre 2018 y 2025.
Hacer sobrevivir los plantones exige técnicas adaptadas a un suelo extremo
El antiguo lecho combina una elevada salinidad, lluvias escasas, temperaturas extremas y tormentas de arena constantes. Por eso, plantar un ejemplar no garantiza que consiga arraigar. Un informe del Banco Mundial sitúa cerca del 30% la supervivencia después de doce meses en las zonas degradadas del Aral. El PNUD también ha probado tratamientos con arcilla, estiércol y polímeros que retienen humedad alrededor de las raíces. Estas soluciones persiguen aprovechar el agua con una lógica similar a ciertos sistemas de riego sin electricidad.
Las cifras nacionales y las de proyectos concretos miden realidades diferentes. Los dos millones de hectáreas incluyen la cubierta protectora impulsada por Uzbekistán en todo el lecho desecado. Por su parte, el proyecto Green Aral, coordinado con el PNUD, ha plantado más de 915.000 ejemplares desde 2020. Ambas cantidades no deben sumarse, porque una mide superficie tratada y la otra contabiliza plantones incorporados dentro de una iniciativa determinada.
La restauración contiene el desastre, pero no devolverá el agua perdida
El Banco Mundial respalda estas actuaciones mediante RESILAND Uzbekistan, un programa dotado con 153 millones de dólares. La iniciativa busca estabilizar terrenos degradados y reducir las tormentas de polvo en Karakalpakstán, la región uzbeka más afectada. El organismo estima que esta contaminación provoca pérdidas de 44,2 millones de dólares anuales en el territorio. La recuperación de los servicios ambientales podría aportar beneficios cercanos a 39 millones de dólares cada año.
Las plantaciones no devolverán al Mar de Aral la extensión que tenía antes de los desvíos soviéticos. Su función es más limitada, pero también urgente: inmovilizar el sustrato, reducir el polvo y favorecer el regreso gradual de vegetación y fauna. Los dos millones de hectáreas representan terreno sometido a restauración, no una recuperación del lago. Uzbekistán está gestionando las consecuencias de una transformación ambiental que no puede revertirse únicamente plantando arbustos.
