El sueño de Ana y Máximo era vivir en plena naturaleza y acabaron comprando un pueblo abandonado que hoy vuelve a tener vida

Una pareja rehabilita una braña en ruinas y la convierte en su hogar tras una compra poco habitual, ya que todas las propiedades pertenecían a una sola familia.

Ana Isabel y Máximo han cumplido el sueño de muchas personas que buscan una vida lejos del ruido: comprar un pueblo abandonado en Asturias y rehabilitarlo casa por casa. La pareja ha contado su historia en una entrevista con el comunicador Álvaro, de @hilux_aventura, donde explican cómo una braña cubierta de maleza terminó convirtiéndose en su proyecto de vida.

Ana, natural de Oviedo y antigua trabajadora de la minería asturiana, decidió invertir el dinero recibido tras una reconversión laboral en algo que realmente le ilusionara. Fue entonces cuando una amiga le habló de una braña en venta. Al principio ni siquiera sabía qué era, pero al visitar el lugar entendió que allí había una oportunidad.

Compraron un pueblo abandonado en Asturias gracias a una circunstancia poco habitual

La compra pudo cerrarse sin los problemas habituales que suelen aparecer cuando se intenta adquirir una aldea abandonada, donde las propiedades suelen estar repartidas entre varios herederos.

Ana explica que tuvieron “la suerte” de que el padre de la vendedora había ido comprando las casas a los vecinos cuando estos se marchaban a trabajar a la industria. “Compraba las propiedades de los vecinos y no tuvimos que pelearnos con nadie”, relata.

Ese detalle fue decisivo. La braña estaba prácticamente sepultada por la vegetación, con zarzas que llegaban hasta la mitad de las casas, pero Ana vio algo más que ruinas. Vio un lugar especial y una posibilidad real de empezar una nueva etapa.

La rehabilitación de la braña permitió recuperar casas con siglos de historia

La braña existe desde el siglo XIV y llegó a tener más de 24 habitantes. Sus vecinos eran vaqueiros dedicados al ganado y a la producción de carbón vegetal. A diferencia de otros asentamientos, este se mantenía habitado durante todo el año, aunque la industrialización fue vaciándolo poco a poco.

Muchos vecinos se marcharon a Avilés y Gijón en busca de una vida más cómoda. Décadas después, Ana y Máximo decidieron recorrer el camino contrario.

La primera casa que rehabilitaron fue “la bouza”, la más antigua del conjunto, que todavía conserva su horno de leña. La vivienda en la que residen actualmente fue la última que recuperaron, elegida por sus vistas y por su orientación.

Máximo llegó al proyecto después de conocer a Ana tras un accidente de tráfico. “Acabé por amor y acabé por todo, porque el sitio también me enamoró”, reconoce. La idea inicial era restaurar las casas para vivir allí durante la jubilación y alquilar el resto.

Su plan pasa por alquilar las viviendas y proteger el entorno natural

Hoy viven con luz eléctrica y agua que baja directamente de la montaña, algo que valoran como un privilegio. Para hacer la compra se desplazan hasta San Martín, a unos siete kilómetros, y utilizan un todoterreno porque el acceso puede complicarse, sobre todo en invierno.

Su intención es alquilar las casas durante todo el año, aunque reclaman la colaboración del ayuntamiento para arreglar los últimos 200 metros del camino de acceso. La pareja asegura que no tiene descendientes que puedan asumir la carga económica del complejo, pero su intención es quedarse allí “hasta el final”.

A ese proyecto se suma una preocupación: la posible instalación de aerogeneradores de 224 metros en la sierra del Pomar, zona de la que procede el agua de todo el entorno.

Ana deja un mensaje para quienes sueñan con vivir en el campo: “En la vida, si tienes miedo, no haces nada”. Máximo añade otro consejo esencial para integrarse en un pueblo: hablar con los vecinos y adaptarse a ellos.

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