“Preferí tirar los tomates antes que venderlos a pérdidas” la dura realidad que vive una agricultora en La Rioja

Ir al supermercado y ver el precio del tomate puede dar más de un susto, de esos que hacen mirar dos veces la etiqueta. Pero lo que no siempre se ve es cuánto recibe quien lo cultiva. Clara Sarramián, agricultora autónoma en La Rioja y cuarta generación de agricultores, asegura que ha vendido el kilo de tomate a 80 céntimos o, como mucho, a un euro. Después, ese mismo producto puede aparecer en tienda a 3 o 3,50 euros. La cuenta, vista así, chirría bastante. Y detrás de esa diferencia hay una realidad que el campo español lleva tiempo denunciando: muchas horas, mucha incertidumbre y precios que, según Clara, no siempre cubren los costes.

Por qué Clara Sarramián denuncia que el campo vive por debajo de costes

Clara Sarramián lleva cuatro años como autónoma al frente de la explotación familiar en La Rioja. No era el camino que había imaginado, pero decidió continuar con el negocio de sus padres y abuelos para que no se perdiera una actividad que ya suma cuatro generaciones en su familia.

Su testimonio refleja una situación complicada para muchos pequeños agricultores. Según explica, el sector primario atraviesa un momento muy duro, hasta el punto de que vivir de la agricultura se ha convertido en algo casi imposible. Y no solo por el trabajo físico, que ya tiene lo suyo, sino por todo lo que hay alrededor.

La agricultora resume una parte del problema con una frase muy clara: «Estamos por debajo de costes de producción». Es decir, que en ocasiones lo que recibe por sus productos no alcanza para cubrir lo que ha gastado en producirlos. Dicho sin rodeos: trabajar para perder dinero no parece precisamente el negocio del siglo.

Uno de los ejemplos que pone es el tomate. Clara asegura que lo ha vendido en Merca Rioja a «unos 80 céntimos o un euro como muchísimo», mientras que después lo ha visto en tiendas a «3 o 3,50 euros». Su conclusión es directa: «cuantas más manos pasan, más sube el precio».

Cuántas horas trabaja una agricultora autónoma y qué desgaste provoca

El campo exige mucho físicamente, pero Clara apunta a otro problema todavía más pesado: la carga mental. Según cuenta, al esfuerzo diario se acaba acostumbrando una persona, pero la incertidumbre constante es mucho más difícil de llevar.

En verano, sus jornadas pueden alcanzar las 14 o 16 horas diarias, de lunes a domingo. A eso se suma el miedo a que una tormenta, una granizada o una riada eche por tierra meses de trabajo. «No puedes ni dormir por la noche pensando en que te caiga ahora un granizo que te arruinaría los tres próximos meses», explica.

Clara recuerda especialmente una inundación en invierno que le hizo perder toda la cosecha y también la inversión realizada. Lo resume con una frase que deja poco margen al optimismo: «Fue todo el trabajo para cero euros, incluso pierdes dinero».

Además, menciona los fuertes vientos conocidos como «airones», que han llegado a doblar la estructura de sus invernaderos y provocar daños importantes. En este contexto, el problema no es solo plantar, cuidar y recoger. También es vivir pendiente del cielo, del mercado y de una cadena de precios que no siempre juega a favor del productor.

Qué pasa con el precio del tomate entre el campo y la tienda

La diferencia entre lo que cobra Clara y lo que paga el consumidor es uno de los puntos centrales de su denuncia. Ella habla de 80 céntimos o un euro por kilo en origen, frente a 3 o 3,50 euros en tienda. La subida, por tanto, se produce a medida que el producto pasa por más intermediarios.

Clara también cuenta que el año pasado tomó una decisión drástica cuando querían pagarle la mercancía a la mitad del precio del año anterior. En lugar de aceptar, decidió tirarla. «Me la querían pagar a mitad de precio del año anterior, y es que me daba tanta rabia que preferí tirarla», afirma.

Para ella, aceptar determinados precios puede ser perjudicial para todo el sector. «Si todos pasamos por el aro, lo que vamos a conseguir es ir en nuestra contra», reflexiona. En otras palabras, si se normalizan pagos por debajo de lo que cuesta producir, el pequeño agricultor queda atrapado.

A esta situación se suma la competencia de productos importados de fuera de la Unión Europea. Clara denuncia que esos productos no están sujetos a las mismas normas estrictas, lo que, según ella, complica todavía más competir en igualdad de condiciones. «No se puede competir, porque al final con esos precios es imposible», sentencia.

Por qué preocupa el relevo generacional en el campo español

El futuro del campo también tiene otro frente abierto: la falta de relevo generacional. Según los datos aportados, más del 90% de los agricultores superan los 60 años, mientras que los menores de 40 años apenas representan el 10%.

Clara, que forma parte de esa minoría joven, no ve fácil continuar dentro de 10 años. «No creo que sea posible», admite. Su visión es pesimista porque considera que las políticas actuales no protegen al sector primario. De hecho, llega a afirmar que «parece como que quieren destruir al pequeño agricultor».

El problema, por tanto, no es solo económico. También afecta a la continuidad de explotaciones familiares como la suya. Si apenas entran jóvenes y quienes ya están dentro no ven futuro, el campo queda en una especie de cuenta atrás.

Su mensaje para quienes quieran empezar desde cero es especialmente duro. Clara lo ve «imposible» en las condiciones actuales. Aun así, su propia historia muestra resistencia: «Yo estoy aquí, soy una mujer sola y he podido con todo».

Qué puede hacer el consumidor ante esta situación

Clara ha encontrado una vía alternativa en la venta directa al consumidor, un modelo que practica desde hace un año y medio. Según explica, esta fórmula le compensa algo más económicamente y, además, le aporta satisfacción personal por el agradecimiento de sus clientes.

Para el consumidor, esta situación también plantea una pregunta incómoda: ¿se valora de verdad el producto nacional cuando llega el momento de pagar? Clara lo resume así: «La gente sí que dice que valora el producto nacional, pero al final valora más su bolsillo». Algunas acciones prácticas que pueden ayudar al lector a entender mejor lo que compra son:

  • Comparar el precio en tienda con el precio que suele recibir el productor cuando esa información esté disponible.
  • Preguntar por el origen del producto antes de comprar.
  • Priorizar, cuando sea posible, productos nacionales o de venta directa.
  • Acudir a productores locales si existen canales cercanos.
  • Valorar no solo el precio final, sino también las condiciones de producción.

Estas decisiones no eliminan por sí solas los problemas del campo, pero sí pueden acercar más al consumidor a la realidad de quienes producen los alimentos. Porque detrás de un kilo de tomate no hay solo una etiqueta con precio: hay horas de trabajo, riesgo climático, inversión y, muchas veces, una incertidumbre que no se ve en el lineal.

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