Este rincón de la Costa Tropical parece sacado del Caribe y es uno de los destinos más buscados del verano por su belleza natural

Si sueles recorrer la A‑7 camino de Motril, seguramente hayas pasado de largo por un túnel sin gracia aparente. Pues bien, justo bajo ese arco de cemento duerme Cala Rijana, un pedacito de Caribe plantado en plena Granada. ¿Te suena a promesa publicitaria? Ya verás que no exageramos. Acompáñame y comprueba cómo, en seis curvas mal contadas, pasas de la rutina del asfalto a un chapuzón de los que se recuerdan todo el invierno.

¿Dónde se esconde exactamente Cala Rijana?

Desde la propia N‑340 apenas se ve un cartel discreto, pero a su lado arranca el acceso peatonal que atraviesa un túnel bajo la carretera de la Costa Tropical. Esa caminata corta, con una pendiente que se nota al volver, avisado quedas, desemboca en la única lengua de arena del lugar.

  • Longitud: 250 metros de orilla.
  • Anchura media: 20 metros.
  • Acceso: túnel peatonal bajo la N‑340.
  • Servicios: chiringuito, alquiler de paddle surf y kayak.
  • Fauna habitual: halcones, gaviotas patiamarillas y cabras montesas.
  • Ubicación administrativa: municipio de Gualchos‑Castell de Ferro (Granada).

El entorno es tan compacto que, si llegas pasada la hora del café, tocará disputar hueco de toalla con medio Instagram. Por eso conviene madrugar: aquí el premio son vistas limpias de formaciones rocosas y un mar transparente que deja ver cada guijarro sin pasar filtro alguno.

¿Qué hace tan especial su fondo marino?

Para empezar, la claridad del agua. No necesitas ser Jacques Cousteau ni un gurú del snorkel: con unas simples gafas ya identificas peces juguetones moviéndose entre piedras y praderas submarinas. Además, la ausencia de oleaje fuerte, cortesía del abrigo natural de los acantilados, convierte la cala en un auténtico “piscinón” salado.

Por si fuera poco, las corrientes suaves y la profundidad progresiva animan a novatos y a veteranos del neopreno a bucear relajados. En serio, se entiende que los clubs de submarinismo locales la tengan marcada con fosforito en su calendario de salidas.

Cómo llegar paso a paso desde Málaga

El itinerario carece de misterio: toma la A‑7 en dirección Motril y mantente atento a la salida 883 hacia Carchuna y Calahonda. En ese punto enlazas con la histórica N‑340, que serpentea pegada al mar. Apenas unos minutos después verás el aparcamiento habilitado al borde de la carretera; ahí empieza el pequeño sendero que te conduce al túnel y, en cuestión de cinco minutos, al edén turquesa.

¿Conviene ir en transporte público? La verdad, lograrás llegar, pero los horarios son los que son y la parada no queda a pie de arena. Por comodidad, y para cargar nevera, sombrilla y demás artilugios playeros, el coche sigue siendo la opción reina.

¿Qué otras playas cercanas merecen una parada?

Si te quedas con ganas de más, apunta Calahonda. Su acceso fácil y arena oscura la hacen ideal para familias con carrito y balón playero en ristre. Además, el contraste de la grava negruzca con un agua limpísima deja fotos muy resultonas.

Algo más al oeste, a unos cincuenta minutos al volante, asoma Cantarriján, famosa por su doble personalidad: zona textil a un lado y área naturista al otro. Afina la planta del pie, porque las piedrecitas pican; unas cangrejeras resuelven el asunto y te permiten centrarte en lo importante: nadar en agua cristalina sin aglomeraciones exageradas.

Consejos para exprimir la visita

En primer lugar, llega pronto y evita la clásica peregrinación playera de las doce: la cala no da más de sí. Lleva calzado cómodo para el tramo empinado y, si puedes, alguna bolsa para tu basura; el carácter virgen se conserva solo si cada visitante pone de su parte.

Por otro lado, reserva un rato para el kayak o el paddle surf. El alquiler in situ abre una ventana perfecta para husmear pequeñas cuevas y calitas próximas sin sentir la tiranía del reloj. Y lo más importante: al volante, ojo con las cabras montesas. Salen sin pedir permiso y, créeme, no pagan partes al seguro.

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