A todos nos han sorprendido alguna vez las normas de un lugar nuevo: cambian las costumbres y toca adaptarse, aunque al principio suenen raras. Con Longyearbyen pasa justo eso, y a lo grande. Allí, morir dentro del pueblo no está permitido por ley, y no es una broma ni una licencia literaria. La cosa tiene truco y, en cuanto se explica, encaja más de lo que parece. La norma viene de los años 50 y se apoya en un argumento científico muy claro. Y sí, hablamos de un pueblito del Ártico con frío de los que calan, donde las reglas están pensadas para proteger a vivos y, ojo, también para gestionar a los muertos.
¿Dónde está Longyearbyen y cómo es vivir allí?
Longyearbyen es un pequeño pueblo noruego en el archipiélago de Svalbard, en pleno Ártico. Allí viven 2.500 personas y las temperaturas pueden caer hasta los 40 grados bajo cero, un clima que no es precisamente amable para el día a día. Para situarnos rápido, estos son los datos básicos del lugar, con lo esencial que conviene tener en mente.
| Dato | Información |
|---|---|
| Ubicación | Archipiélago de Svalbard (Ártico) |
| Población | 2.500 habitantes |
| Temperatura | Hasta 40 grados bajo cero |
| Suelo | Permafrost (suelo permanentemente congelado) |
| Cementerios | No se permiten entierros en el pueblo |
En consecuencia, el entorno condiciona todo: las casas, los servicios y, como verás, hasta la forma de gestionar los momentos más delicados.
¿Qué dice la ley de los años 50 y cómo se aplica en la práctica?
La norma, vigente desde los años 50, establece que las personas en estado terminal o en situaciones de alto riesgo no deben permanecer en Longyearbyen. La idea no es castigar, sino evitar problemas que el propio lugar no puede resolver. En la práctica, el funcionamiento es concreto y bastante estricto:
- Si una persona está en fase terminal, debe abandonar el pueblo.
- Si una mujer está a punto de dar a luz, también debe salir de Longyearbyen.
- Si alguien fallece de forma repentina o por accidente, el cuerpo se traslada al pueblo más cercano.
Por tanto, allí no hay servicios funerarios ni urgencias obstétricas. La norma se centra en prevenir situaciones que el propio territorio, por sus características, no puede gestionar.
¿Por qué no se puede enterrar a nadie en Longyearbyen?
La clave está en el permafrost, el suelo permanentemente congelado sobre el que se levanta el pueblo. Enterrar allí no es opción: los cuerpos no se descomponen adecuadamente.
De hecho, los cadáveres pueden conservarse casi intactos, con el riesgo sanitario que eso implica para quienes siguen viviendo en el entorno. Esto quiere decir que prohibir los entierros no es capricho: es una medida de salud pública adaptada al clima extremo.
¿Qué pasó con la gripe de 1918 y el cierre del camposanto?
Durante la pandemia de gripe española de 1918 se enterró a algunos fallecidos en Longyearbyen. Años después, al analizar esos restos, se encontraron rastros de los virus presentes.
Aquello encendió todas las alarmas. Las autoridades cerraron el camposanto y activaron la norma que impide enterrar en la localidad. En consecuencia, la ley actual bebe directamente de esa experiencia y la respalda con lo observado sobre el terreno.
¿Qué otras normas y curiosidades tiene Longyearbyen?
Además de lo anterior, tampoco está permitido tener gatos como mascotas. La razón es proteger la fauna local, especialmente las aves que anidan en la zona.
Estas particularidades, sumadas al magnetismo del Ártico, atraen a muchos visitantes. Desde Longyearbyen es posible ver auroras boreales, un reclamo que, por sí solo, ya justifica el viaje para más de uno.
¿Qué debes tener en cuenta si piensas viajar o vivir en Longyearbyen?
En primer lugar, conviene asumir las reglas tal como son: si estás en una situación terminal o si estás a punto de dar a luz, tendrás que abandonar el pueblo; y, si ocurre un fallecimiento repentino, el traslado será al pueblo más cercano. No hay urgencias obstétricas ni servicios funerarios, porque el lugar no está preparado para ello.
Por otro lado, recuerda que no se permiten gatos como mascotas y que las temperaturas pueden descender hasta los 40 grados bajo cero. En resumen, es un destino único y espectacular, pero con normas claras y un contexto extremo: allí, la ciencia manda y la logística marca el ritmo.
