El precio 9,99 no nació para engañar al cerebro, si no para pillar a quien robaba en caja

Seguro que te suena: ves 9,99 y te parece “más barato” que 10, aunque sabes que te están rascando centimillos. Llevamos años pensando que es un truco moderno, propio del marketing digital y de las tiendas online. La realidad es más terrenal y, por qué no decirlo, más picaresca: nació para atrapar a quien se guardaba parte de la recaudación.

A finales del siglo XIX, el tabernero James Ritty, en Dayton (Ohio), sospechaba de sus propios camareros y patentó en 1883 una “caja registradora incorruptible”. Si un producto costaba 10 dólares, el empleado podía cobrar en metálico sin más; si costaba 9,99, tenía que abrir el cajón para dar cambio y la campanita delató a más de uno. De ese apaño antirobos salió una costumbre que hoy pervive por otro motivo: cómo interpretamos la primera cifra de un precio.

¿Por qué nacieron los precios acabados en 0,99?

A finales del siglo XIX, Ritty dio con un método práctico para no perder dinero en su taberna: registrar cada venta. La “caja registradora incorruptible”, patentada en 1883 en Dayton (Ohio), fue el germen de lo que después se conocería como National Cash Register.

Antes, si un artículo valía exactamente 10 dólares, el camarero podía meter el billete en el bolsillo y santas pascuas; con 9,99, debía abrir la caja para dar cambio, sonaba la campanita y quedaba rastro en el contador. Por eso, aquella manía de fijar precios en 0,49, 0,99 y similares se extendió: ayudaba a cuadrar caja al céntimo y a mantener a raya al personal. Hechos clave del origen:

DatoDetalle
Año de la patente1883
LugarDayton (Ohio)
ProtagonistaJames Ritty (tabernero)
Dispositivo“caja registradora incorruptible”
Mecanismo de controlEl 9,99 obligaba a abrir la caja y dejaba rastro
Ejemplo de precio10 dólares frente a 9,99 dólares

En consecuencia, el céntimo de diferencia no buscaba “engañar al cerebro”, sino hacer saltar el cajón y dejar prueba de la operación. De ahí que los finales en 0,49 y 0,99 prendieran como pólvora en el comercio de la época.

Cómo el 0,99 pasó de truco antirobos a sesgo del dígito izquierdo

Después llegaron cámaras, sistemas informáticos y TPV; el control interno evolucionó, pero la costumbre sobrevivió. No era casualidad: encajaba con una tendencia muy medida en marketing.

Ese patrón se conoce como sesgo del dígito izquierdo. Cuando leemos un precio, prestamos mucha más atención a la primera cifra que al resto. Así, 9,99 se percibe como “nueve y pico” y no como “casi diez”. Esa sensación de “más barato” alimenta el charm pricing, todavía recomendado en guías de ecommerce y de fijación de precios.

¿El 9,99 vende más que un precio redondo?

Hay evidencias de que sí, al menos en ciertos casos. Un trabajo clásico de Schindler y Kibarian en los años noventa ya observó que los precios terminados en 99 podían aumentar la demanda frente a precios redondos, incluso cuando la rebaja real era mínima.

Además, estudios posteriores han comprobado que en muchas categorías de consumo las terminaciones en 9 se asocian de forma automática a “oferta” o “buen precio”. Tanto, que esa sola terminación puede influir en la elección de marca dentro del mismo lineal.

¿Por qué hay tantos nueves en las etiquetas de precio?

La popularidad del nueve se ve en los datos: análisis de catálogos y anuncios muestran que entre un 30% y un 60% de los precios terminan en 9, según el sector y el país. No es una anécdota; es una pauta extendida.

En prendas de ropa o productos de gran consumo, casi la mitad de las etiquetas acaban en 9, mientras que otro porcentaje nada desdeñable prefiere el 5 como alternativa menos agresiva al redondeo puro. En la práctica, para el cliente, el 9 se ha convertido en paisaje de fondo de cualquier compra.

Guía rápida: cuándo usar 0,99 y cuándo precio redondo

¿Y cómo decidir hoy? Algunos expertos creen que el consumidor está cada vez más vacunado contra estos trucos y que, para determinados productos premium o tecnológicos, el precio redondo transmite más confianza y calidad. Por tanto, conviene elegir la terminación con intención clara.

  • Si buscas sensación de oferta, el 0,99 (o el 0,49) ayuda: el 9 se asocia a buen precio y en los años noventa se midió un aumento de demanda con finales en 99.
  • Para artículos premium o tecnológicos, mejor precio redondo: transmite confianza y calidad.
  • Si quieres una opción menos agresiva sin redondear del todo, terminar en 5 es una alternativa.
  • Ten presente la saturación: entre un 30% y un 60% de los precios ya acaban en 9, así que el efecto compite con un “paisaje de fondo”.

En resumen, el 0,99 nació para obligar a abrir la caja y dejar rastro, pero hoy funciona porque nuestra atención se engancha a la primera cifra. De ahí que, según el producto y el contexto, tenga sentido apostar por el redondeo o por el encanto del nueve.

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